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XXX Feria del Libro de Granada, del 6 al 15 de mayo de 2011

José Enrique Ruiz-Domènec

Iluminar el pasado entre la historia y la literatura

Creo que una baraka especial me ha conducido hasta aquí, a este lugar, para cumplir una bella tradición, la de decir un pregón en la Feria del Libro de Granada. En efecto, son las pruebas de la suerte personal las que jalonan el camino de la historia y de la literatura, y las que muestran hasta qué punto es importante mantener viva la memoria de aquellos tiempos en los que se forjaron nuestros sueños; los míos lo hicieron en estas calles, plazas y jardines, por eso entre sus árboles puede que quede algo de aquel viejo aliento que me llevó a pensar que hacer historia era una forma de entender la literatura.
Cuando comencé a estudiar historia, aquí, en Granada, a mediados de los sesenta, continuamente escuchaba la necesidad de tomar distancia de la literatura, que era mi afición, pero también mi pasión. Nunca sospeché que con el tiempo mis maestros en Francia y en otros lugares de Europa me indicarían que precisamente la mejor manera de estudiar el pasado era dejar fluir la imaginación promovida por la literatura. A este descubrimiento, en la primavera de 1968 (una primavera que luego se hizo célebre al ceñirla en nuestra memoria a los acontecimientos que tuvieron lugar en Paris durante el mes de mayo), siguió la convicción de que sólo podía ser historiador si profundizaba en el frondoso legado de la literatura, sin importarme de momento la lengua de las obras que utilizaba para enriquecer mis preguntas sobre los documentos de archivo. El ambiente parisino me dio las alas que necesitaba para convertir mi combate por la historia en una recuperación de la imaginación literaria en la formación del historiador. Coincidí en esta postura tan intensa y tan íntimamente con personajes de la talla de Lionel Trilling, Hayden White o Simon Schama, que en ese instante decidí las siguientes tres cosas:
Primero, que sería un historiador que no renunciaría a las fuentes literarias ni a las evocaciones procedentes de la literatura. No solo porque intentaba encontrar el mundo vital de los personajes que estudiaba, sino porque los textos literarios me hicieron sentir que la investigación de un episodio del pasado, de un hecho concreto o de un personaje era una gran aventura del espíritu humano. La razón la encontré al leer a los clásicos del siglo XVII que explicaron el sentido de la historia de Granada. Recuerdo ahora a Ginés Pérez de Hita y sus fabulosas historias de vandos, los zegríes  y los abencerrajes que completaron mi atracción por un espacio cultural que había encontrado precisado en la obra de Luis del Mármol Carvajal. Eran trabajos donde se expresa una tradición continuada en busca de conocer los detalles de lo que una vez ocurrió en Granada en el siglo XV cuando se puso fin a la dinastía nazarí que tantos lugares de la memoria ha dejado en esta ciudad, y no solo pienso en la Alhambra, sino también en los cuentos del escritor y diplomático norteamericano Washington Irving.
Una iluminación aún mayor, si eso cabe, la tuve en el momento que puse orden en el imaginario que hizo posible Don Quijote, la gran novela española de todos los tiempos; es decir, el universo de la caballería. Comprendí entonces que para entender esa institución fundamental en la construcción de la historia de Europa debí leer tanto los documentos de archivo como las obras literarias que la hicieron posible. Llegué así hasta las novelas de Chrétien de Troyes, el verdadero artífice de la imagen cortesana de la caballería.
Chrétien abolió las barreras entre las tradiciones, grecolatinas y célticas, enriqueció el hogar común europeo con todas las tesorerías imaginables de la literatura de oriente y de occidente, y permitió que los europeos se pensasen a sí mismos perfilando los principales sentimientos que los han acompañado hasta el día de hoy, el honor, la fidelidad y, sobre todo, el amor. ¿Acaso muchos de nosotros no somos lectores porque en nuestra niñez fuimos atrapados por la imaginación de los héroes de la Tabla Redonda, el rey Arturo, la reina Ginebra o el caballero Lanzarote del Lago? ¿Acaso cuando queremos recordar una historia inmortal no acudimos a Tristán e Iseo en sus aventuras desde Irlanda a Cornualles?
Chrétien consiguió una síntesis narrativa superior que al mismo tiempo es una ventana de acceso al mundo vital europeo del siglo XII. En sus bellas novelas, la imaginación literaria de un hombre comprometido con su tiempo se apropió de todas las tradiciones culturales a fin de darnos el retrato más completo de lo que el hombre siente delante de la mujer. El papel de las mujeres en la vida social, mutilado en muchas ocasiones por el dogmatismo, aparece en las narraciones de Chrétien como un objeto maravillosamente fresco de la acción política. Seguramente, yo no habría estudiado tanto, y tan profundamente, la cultura caballeresca europea si no fuese por el interés que despertó en mi la literatura que la sustentó durante siglos; con nombres tan relevantes como Joanot Martorell, Thomas Malory, Mateo Maria Boiardo o Ludovico Ariosto, sin olvidar de nuevo, y una vez más, y siempre, a Cervantes.
Mi segunda decisión fue la de nunca renunciar a fijar los puentes entre la literatura y la historia. Decidí ahondar en las lecturas de los grandes clásicos de la literatura, los de ayer y los de hoy, muchos de los cuales están presentes en esta feria, porque quería mantener, a lo largo de mi vida, la sensación de que la iluminación de los episodios más oscuros del pasado requiere la atención de los testimonios literarios. Recuerdo como llegué a esta convicción leyendo la obra dramática de Federico García Lorca para entender mejor el paisaje y la memoria de mi tierra, que es ésta que ahora piso, que es también la vuestra, pero que era ante todo y sobre todo la tierra de mis antepasados, en particular de mi madre, cuyos gestos, palabras y silencios entendía mejor si acudía a los dramas rurales de Lorca.
¿Cómo conocer a fondo como fueron los años veinte y treinta granadinos, en los que mi madre se paseó por esta ciudad, sin recurrir a la literatura? Era preciso llegar a una ponderación de la sucesión de acontecimientos que produjeron el terrible suceso histórico que conocemos como “guerra civil”. Era una necesidad como historiador, pero también como ciudadano. Me ayudó a decidirme el testimonio algún historiador que vivió esa época y que supo describirlo gracias a una sólida cultura literaria. Por eso es justo que cite aquí al insigne R. G. Collingwood, cuya prístina prosa era el resultado de una conciencia libre a la hora de hablar de las amenazas al sistema democrático y por extensión al bien común de una nación.
Y mi tercera decisión fue que, una tarde como ésta, me pondría de pie ante un público de paisanos, de amigos, de familiares, a fin de confesar mi azoramiento al tener que escoger sólo un aspecto de cómo la historia se ilumina por la literatura, consciente, como lo estáis todos los que ahora me escucháis, que al limitarme a un aspecto de esa rica relación, por fuerza puedo llegar a sacrificar los más importantes, o los que vosotros así consideréis. No pido clemencia sino complicidad. Cada uno tenemos una razón para buscar en la literatura las claves de acceso al pasado. Aunque quizás al final comprendáis por qué quiero hablar aquí de los viajes en la historia vistos a través de la literatura. El recurso en este caso es el más clásico de todos.
El viaje de Ulises tiene sentido en el momento mismo que Homero decidió narrarlo en la Odisea, un bello poema épico que se lee como una novela de aventuras. Entender el Mediterráneo es buscarle una explicación al viaje de Ulises de retorno a Ítaca: el poeta griego Kavafis así nos lo ha hecho ver en más de una ocasión. Un viaje donde se expresa los límites del ser humano en su eterna búsqueda de un significado a la vida. Ese mismo espíritu lo percibo en todos los viajeros, hombres o mujeres, que a lo largo de la historia convirtieron sus andanzas en tema literario: desde Egeria, la elegante monja del Bierzo en el siglo IV hasta el célebre Ibn Battuta en el siglo XIV, pasando desde luego por Marco Polo, el veneciano más famosos de todos los tiempos: vivencia de un viaje doblada en literatura, y, al mismo tiempo, literatura que busca una explicación a las adversidades de la vida. El viaje como la gran metáfora de la condición humana. Creo que esto también es cierto en el caso del granadino al-Hasan al-Wazan, al que la historia conoce con el nombre de León el Africano.
El perfil humano e histórico de León el Africano es el tema de una novela de notable éxito del escritor libanés Amin Maalouf. En esta novela el verdadero objetivo es el recurso de León/al-Hasan como espejo del Yo del propio novelista, como si uno fuera la repetición del otro. Así, al comienzo de la novela, podemos leer la siguiente confesión del protagonista, que muy bien podría ser una definición del propio autor: “No pertenezco a ningún país, ciudad o tribu; soy hijo del camino, y mi patria es la caravana”. Pero al lado de esta aproximación novelesca a la figura de al-Hasan se encuentran los trabajos de algunos importantes orientalistas, comenzando por Louis Massignon (del que tanto hablaba aquí Luís Seco de Lucena y el padre Darío Cabanelas) que eligió como tesis doctoral para la Sorbona un trabajo sobre León el Africano. Al publicarlo en 1906, se pudo comprobar que Massignon entendía el libro de viajes escrito en italiano por al-Hasan con el nombre de La Descrittione dell’Africa como un texto de enorme rigor histórico. Esta tesis, por lo demás, bien extendida, ha sido sostenida recientemente por la célebre historiadora Natalie Zemon Davis en un bello libro titulado Trickster Travels. A Sixteenth-Century Muslim Between Worlds que en su traducción italiana lleva el sugerente título de La doppia vita di Leone l’Africano. El lector cuenta, por consiguiente, con dos posibilidades de acceso a al-Hasan: la novela de Amin Maalouf y el ensayo de historia narrativa de Natalie Zemon Davis. En ambos casos se encontrará, aunque con procedimientos diversos, a dos autores, un novelista y una historiadora, tratando de entender al personaje más allá de lo puramente contextual; ambos aspiran a buscar el misterio de este hombre singular leyendo su obra con el fin de encontrar no lo que al-Hasan refleja de su época, sino lo que al-Hasan añade a su época.
Lo cierto es que en ambos procedimientos las relaciones entre la literatura y la historia están sólidamente constituidos; está claro que Amin Maalouf abrió un importante capítulo de la novela moderna al escribir sobre al-Hasan; como lo es también que Natalie Zemon Davis, disolvió para siempre la frontera artificial entre positivismo y narración, situando a al-Hasan en el centro de un relato histórico de indudable rigor. Como me confesó por carta al saber que yo era granadino, y casi como una disculpa, con su aproximación a al-Hasan culminaba una larga carrera por convertir la historia en un receptáculo legítimo para la narración. Un gesto literario, que tiene grandes precedentes, Dante sin ir más lejos.
Lo cual me lleva a hablar de al-Hasan al-Wasan, vale decir, de León el Africano, aquí en Granada, que fue su tierra natal. Se que aún hoy esta afirmación es tema de debate; lo fue sin duda cuando, en 1995, Serafín Fanjul publicó una traducción al español de la Descrittione dell’Africa (siguiendo la edición de Giovanni Battista Ramusio de 1556), pero no puedo evitar pensar que fue uno de aquellas granadinos nacidos a finales de la década de 1480, en el momento que la ciudad y el reino de Granada estaban a punto de entrar en una nueva época de su milenaria historia; uno de esos hombres nacidos en Granada pero que crecieron en Fez. Un hombre que cae prisionero de unos corsarios y es llevado a Roma y allí, en una de sus cárceles, despierta de su ensimismamiento escribiendo en árabe sobre un trozo de manuscrito, que su nombre era al-Hasan ibn Muhammad ibn Ahmad al Wazan, a lo que apostilla con orgullo que es “al-Gharnati”, para especificar que había nacido en Granada y había crecido en Fez, la tierra de sus abuelos. La pena es que no tuviera la misma precisión para fijar la fecha de su nacimiento, aunque las pesquisas modernas lo sitúan entre el 891-893, es decir, el 1486-88 de la era común.
Este es el hombre al-Hasan, el hombre al que el papa León X, el gran mecenas de las artes y de la literatura en la Italia del Renacimiento, como buen Médicis que era, se acerca, le interroga lleno de admiración, le libera de su condición de prisionero (y por añadidura, de esclavo), le convence para que acepte el bautismo y de ese modo se transforme en León el Africano.
Al-Hasan convertido en León el Africano es el escrito que asombra al mundo humanístico con su Descrittione dell’Africa de acuerdo con una larga tradición que enciende Ibn Batuta, en la que el mundo hechiza al hombre.
Al-Hasan el autor de una obra memorable que ocurre en diversos tiempos, una obra de sensaciones infinitas sobre las relaciones entre el hogar y el cosmos, que diría mi admirado Yi-Fu Tuan. Esa trama de viajes por África que aproximan al lector a una época en la que el mundo era una apuesta ilimitada, ya fuera en las montañas del Atlas marroquí como en los altiplanos de México, ya fuera pensando como un laberinto donde el individuo se forja, ya fuera como un reclamo a las maravillosas posesiones del otro lado del mar Océano; ya fuera un jardín de equilibrios o una tierra de insondable belleza: el caso es que las impresiones de viaje de al-Hazan forman el espíritu de la época, el mismo espíritu que vemos en los erasmistas españoles, con los hermanos Valdés a la cabeza, en los ensayos de Montaigne, o en la conciencia crítica por la política de Diego Hurtado de Mendoza.
Es cierto: cuando al-Hazan escribe su célebre obra, el mundo se dispone a cambiar para siempre. Y fue este granadino que nunca regresó a su tierra natal uno de los más lúcidos intérpretes. ¿Literatura, historia? Ambas cosas a la vez. Una historia forjada en y por la literatura. Es a esta sabiduría de al-Hasan/León a la que, en este pregón de la feria del libro de 2011, quería rendir homenaje. Pero como ya es hora de concluir, no quiero hacerlo sin confesar la suerte que tengo yo de haber regresado a Granada hoy y a este lugar, que en otro tiempo fue mi espacio de juegos.
Gracias

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