Muy buenos días, ahora que por fin hace un poco de sol. Con la que ha estado cayendo, y no me refiero precisamente a la lluvia de la Semana Santa, inaugurar una feria del libro es de por sí un milagro que nos devuelve el optimismo. A malos tiempos, buena lectura. La lectura hace mucho más que consolarnos o entretenernos: nos ofrece razones y emociones para la supervivencia. Cuanto más aprieta la realidad, más nos pide ser leída, traducida, descifrada.
Hay mil formas de contar un pregón, y mil formas de pregonar un cuento. Hace hoy exactamente 69 años (qué buen aniversario, el 69) el escritor francés Raymond Queneau publicó un extraño libro de miniaturas narrativas. Aquel libro (que podemos disfrutar en español gracias a la traducción de un buen amigo de la Universidad de Granada: Antonio Fernández Ferrer) se titulaba Ejercicios de estilo. Su contenido era sencillo y a la vez extraordinario: se trataba de contar cien veces la misma historia, de cien formas literarias distintas. A lo largo de sus páginas, tan breves como infinitas, observamos a un hombre con sombrero viajando una mañana en autobús y discutiendo con otro pasajero, que por lo visto le ha pisado el pie o al menos eso cree el hombre con sombrero. Hasta que este interrumpe la discusión para lanzarse bruscamente, como es habitual en ciertos caballeros que parecen respetables, sobre el primer asiento que se queda libre.
Raymond Queneau narró esta mínima anécdota en todos los tonos posibles: neutro, retórico, lúdico, metafórico, delirante, dubitativo, exaltado, vulgar, elevado, en verso, anticuado, moderno… Al tomar asiento yo también, no en un autobús sino en la vieja butaca donde escribo y viajo, me pregunté como podría comenzar este pregón. ¡Un pregón nada menos que en Granada, mi querida Granada, la ciudad a la que una mañana llegué de niño, como un pasajero desconocido que no sabe dónde pisa, o que teme pisar donde no debe, y que al final descubre que esta era una tierra para él, un buen destino para su odisea! Y empecé a notar que la responsabilidad me apretaba la cabeza como un sombrero. Y las dudas eran tantas, y las posibilidades también, que recordé de pronto a Raymond Queneau. Entonces imaginé una colección de primeras líneas de otros tantos pregones imaginarios, de un pregón iniciado y reiniciado sin cesar, como un viaje que nunca termina de llegar. Quizás esa sería la única manera de dar un pregón para todos los públicos: escribiéndolo en todos los estilos posibles, uno por uno, hasta que empiece a llover o salga el sol o la gente pierda el sombrero.
Imaginé, por ejemplo, las primeras líneas de un pregón en tono oficial y políticamente correcto, de esos que no molestan ni cautivan a nadie:
«Damas y caballeros, estimadas autoridades, queridos niños, preciosas niñas, padres y madres, infaltables abuelos, jóvenes amantes, estudiantes que sois nuestro futuro, lectores todos y todas. Es para mí un verdadero honor, en una ocasión tan señalada como la que hoy nos reúne, tener el privilegio de dirigirme a ustedes para recordar la crucial importancia de la lectura en estos tiempos de incertidumbre. La lectura, como factor educativo imprescindible y primordial vehículo de conocimiento, no debe ser postergada por la creciente banalización que aqueja gravemente a nuestra…»
O imaginé, por ejemplo, las primeras líneas del pregón contrario: un discurso gamberro y políticamente incorrecto:
«Estimados mirones. Me pregunto qué hacéis ahí, como marmotas, en vez de salir corriendo a disfrutar de la vida, o a comeros unos pinchos de tortilla, o a exiliaros a un país sin recortes presupuestarios. Si os creéis que estoy aquí porque adoro la lectura y todo eso, vais de culo: simplemente tenía dos o tres amigos en la organización. Porque, seamos serios, ¿acaso a alguien le importa el relato breve, o el cuento, o la narración corta, que manda huevos que ni siquiera sepamos cómo llamarlo, cuando hoy mismo se decide la liga…?»
O imaginé, por ejemplo, las primeras líneas de un pregón seudo lírico, lleno de metáforas pastelosas:
«Entrañables cómplices del verbo, de su signo compartido, de su flecha inmarchitable. En esta cóncava mañana de inquietos contraluces, me detengo a leer el silencio de nuestras fuentes y cavilo, cual ruiseñor en trance, acerca de esos frutos minúsculos que lo real nos brinda, unas veces en forma de acuático poema, otras veces en forma de rumoroso relato. El relato, sí, esa palpitante muestra de cómo cifrar un mundo entero al albur del instante, ese prodigio artesano que nos convoca y nos hechiza con sus…»
O imaginé, por ejemplo, las primeras líneas de un pregón a la medida del investigador universitario o del infatigable doctorando, asiduo visitante de nuestras librerías:
«Estimados lectores, ¿qué es leer? ¿Cuánto tiene de rol intrínseco a nuestra propia condición antropológica, y cuánto de reflejo imitativo en un contexto socializante que pretende estimular ese hábito, mientras sin embargo impide la reflexión en torno a sus mecanismos de implantación, id est, a su horizonte mismo de posibilidad? Quizá sean estas las cuestiones básicas que debamos plantearnos, en tanto determinantes apriorísticos, a la hora de introducir, exponer y glosar esa manifestación narratológica específica que solemos denominar relato, pero que en sus diversos modus operandi se articula en torno a…»
O imaginé, por ejemplo, las primeras líneas de un pregón comprometido, que hiciera de este discurso una ocasión para la crítica ideológica:
«Compañeros lectores. Como bien denunció en un reciente artículo Antonio Muñoz Molina, que estudió y escribió en Granada, resulta difícil comprender que se haya desmantelado tan rápidamente la admirable Biblioteca de las Palomas en el barrio del Zaidín, símbolo de los trabajadores de nuestra ciudad, mientras llevamos décadas esperando a que se retire del centro cierta escultura que simboliza nuestros peores fantasmas. Habrá que resistir leyendo, ya sean cuentos fantásticos o novelas de terror, hasta que Federico García Lorca, cuyos libros tanto se prestaron en aquella biblioteca, tenga un monolito igual de grande que ese otro que…»
E imaginé, incluso, las primeras catorce líneas de un pregón en verso, entonadas bajo la forma exacta de un soneto, que rima con decreto:
«Amigos de la feria de Granada,
paseantes y curiosos y lectores,
son muchos los asombros y colores
que florecen si un cuento nos agrada.
Desde Chejóv a Carver, desde el sabio
laberinto de Borges a la puerta
que Cortázar dejó por siempre abierta,
de monsieur Maupassant hasta ese labio
que tembloroso nombra a míster Poe,
lo breve se hace extenso en lo que calla,
lo breve te ilumina, te corroe
con la duda que nunca se resuelve,
con la quietud que de repente estalla
y que, al cerrar el libro, nos grita: ¡vuelve!, ¡vuelve…!»
En fin: imaginé cien pregones, siempre otro y el mismo, empezando de nuevo para siempre, como el final de un buen cuento. Pero tranquilos: no pensaba decirlos todos, que la brevedad obliga y la síntesis es una virtud narrativa y además el público va teniendo hambre.
El cien veces pregonado esplendor del relato en España empieza a parecerse a un divertido cuento de Augusto Monterroso titulado “La cena”. En aquel cuento, Julio Ramón Ribeyro, Alfredo Bryce Echenique, el autor y su esposa están esperando a Kafka para cenar. La historia sucede en París, donde acaba de celebrarse un extraño congreso mundial de escritores. Todos los comensales han llegado y sólo falta Kafka, que ha ido a recoger una tortuga que desea regalarle a Monterroso, en recuerdo de lo rápido que se le ha pasado el congreso. La calle donde se celebra la cena no parece difícil de encontrar. Pero Kafka, que viaja junto con la tortuga, primero toma el metro en dirección contraria, luego se topa con una salida clausurada y luego, tras parar un momento en un café para darle de beber agua a la tortuga, encuentra la calle pero se equivoca de piso. Como si fuera una mezcla de Aquiles y Godot, el pobre Kafka no llega nunca a la cena, aunque cada vez está más y más cerca. Al final, triste, se marcha sin haber llegado.
En esta historia de lentas velocidades y eternos aplazamientos, ¿quién sería el relato: Kafka o la tortuga? ¿O quizá Kafka sería el cuentista, y la tortuga el editor? Pero entonces, ¿quiénes serían esos comensales que esperan la llegada del cuentista y el editor? ¿Los lectores, tal vez? ¿O son los editores los que ven cómo se enfría la cena, mientras cuento y cuentista se desaniman antes de encontrar su casa? En ese caso, el vagón que viaja en dirección equivocada podría ser el mercado. O la crítica. ¿O quizá la crítica sería ese congreso mundial, repleto de colegas que nunca terminan de abrirle la puerta al cuentista? Lo malo de esta interpretación es que la tortuga se quedaría fuera del reparto. A menos que la tortuga, claro, fuera precisamente la crítica. Lo que está claro es que esta historia de Monterroso habla del relato, quiera o no Monterroso, y opine lo que opine la tortuga.
¿Es el relato breve lo más propio de esta época veloz? Si respondiéramos inmediatamente que sí, alimentaríamos el malentendido de que la brevedad es rápida. En realidad, los cuentos y microrrelatos estimulan secretamente la lentitud. Nos inducen a detenernos, releer, repensar cada palabra. Una ficción de diez líneas suele requerir mucho más tiempo y atención que el mismo número de líneas en una novela, o en un pregón de cien páginas. Velocidad y brevedad, para la literatura, son vectores opuestos.
Sea lo que sea un relato, sabemos que no funciona como una novela reducida. Eso resultaría tan absurdo como intentar explicar la orfebrería encogiendo los principios de la arquitectura. Un diamante no es otra cosa reducida. Un diamante es una maravilla en sí misma, un pequeño objeto que nadie desearía modificar. La brevedad no es un fenómeno de escalas: la brevedad inventa sus propias estructuras. Por eso, para conocer el valor de un cuento, resulta útil fijarse en el modo en que el cuentista ha comprimido el espacio dentro de un molde minúsculo, y en cómo ha resumido todo el tiempo imaginario en unos pocos minutos reales. Es decir, en cuánta intensidad por línea cuadrada estamos leyendo.
Quizá valga la pena recordar que lo breve no es igual que lo corto. Lo breve calla a tiempo. Lo corto, demasiado pronto. El relato breve, entonces, no se caracterizaría tanto por la fugacidad de su lectura como por su extraordinaria condensación. Un relato funciona como un acelerador de partículas, alterando momentáneamente nuestras nociones de tiempo y espacio. Esto es quizá lo que más acerca el cuento a la poesía, a pesar de que esta misma tarde a las cinco en punto, hora lorquiana, narradores y poetas de Granada vayamos a batirnos en un encarnizado partidillo de fútbol en el complejo deportivo Antonio Prieto. Estáis invitados. El ridículo está garantizado.
Y saltando del balón al ratón: hemos oído muchas veces la pregunta de cómo influyen las nuevas tecnologías en la micronarrativa. Tan o más interesante sería plantearnos de qué manera influye la micronarrativa en las nuevas tecnologías. Cómo las dotan de un contenido sustancial y estético. Por supuesto, Internet inventa formas. Pero también nos ofrece un poderoso vehículo para todas aquellas escrituras anteriores que, por falta de cauce, se mantenían olvidadas o en la periferia. Puede que sea el caso de los microrrelatos. No es cierto que debamos elegir entre las tradiciones del pasado o los formatos del futuro. Máquina de memoria, Internet es algo mucho más interesante que una simple ruptura sin retorno. También es la revolución del presente y la multiplicación del pasado. Blogs, muros y textos en red son hoy la mitad de la escritura. Cuya otra mitad es eterna, como dijo Baudelaire de la modernidad. Quizás a la narrativa breve le suceda lo mismo. Quizás el cuento sea como una esfera híbrida, como una pelota con un hemisferio tradicional y otro hemisferio imprevisible. Para que esa pelota ruede rápida, bote alto y haga gol, hace falta que la empujen dos fuerzas: la de hoy la de siempre.
Y vamos llegando al final. El final no es lo mismo que la resolución. Toda historia tiene un final, pero no todas las historias se resuelven. Hay quien sospechará que los narradores recurrimos al final abierto cuando no sabemos muy bien cómo terminar nuestro relato. Bueno, puede que sea verdad. Y puede ser que, gracias a la falta de resolución de un final, el lector imagine por su cuenta el cierre perfecto. El poeta Paul Valéry señaló que si un autor está demasiado seguro de lo que quiere hacer, esa certeza le nublará la visión de lo que está haciendo. Trasladando esta idea al final de los relatos, si el narrador cree saber con absoluta certeza cómo se resuelve su historia, quizá no sea capaz de ver todas las posibilidades del final que él mismo ha concebido. Cuando una historia termina a tiempo, igual que los pregones, empieza de otra manera.
Nos repiten que la gente no tiene tiempo para leer. Sin embargo, leer no quita tiempo: lo multiplica. Lo fabrica de nuevo para nosotros. Nos permite ir y venir, rebobinar y adelantar nuestra memoria, ser este y ser el otro sin siquiera movernos de la butaca o del asiento del autobús, donde un señor con sombrero se quejará de que lo hemos pisado. Nuestra respuesta entonces será: Por supuesto que sí. Porque es hora de bajarnos. Porque es hora de poner un pie en Granada, nuestra querida Granada, y caminar por su feria, por sus libros en flor, por sus cien bellezas.
Muchas gracias por bajaros aquí. |